Albaola, ese gran proyecto que nos entusiasma. 

Esta es su historia:



"Cuarenta años atrás, en el archivo histórico de la antigua Universidad de Oñati, entre vetustos archivos cubiertos de polvo, la historiadora anglocanadiense Selma Huxley descubrió numerosas dataciones sobre expediciones pesqueras vascas a Terranova. Bajo el encargo del Gobierno de Canadá continuó sus indagaciones, que le llevaron hasta un documento descubierto en la Real Chancillería de Valladolid, que transcribía el pleito por el hundimiento de un ballenero vasco construido en Pasaia en 1563. Era la Nao San Juan. Este ballenero de 200 Tm, propiedad de Ramos de Arrieta, había sido pertrechado por dos destacados armadores donostiarras, Joanes de Portu y Miguel de Veroiz. En la aventura transoceánica, Portu ejerció como capitán de pesca de una expedición de tres naves, incluida la Nao San Juan, mientras el maestre de navío y encargado de la navegación rumbo a Terranova fue su propio dueño, Ramos de Arrieta, quien no la pudo hacer regresar.
En octubre de 1565, en vísperas de zarpar a casa y repleto de aceite de ballena, una fuerte tormenta golpeó a la Nao San Juan. Su ancla no soportó el embate del oleaje y tras colisionar contra unas rocas, se fue a pique en una bahía conocida entonces como ‘Butus’. La nave zozobró, pero no se sumergió de inmediato. Joanes de Portu ordenó las maniobras para salvar los máximos enseres posibles. Rescató los palos, las vergas y las velas, mientras los marineros tuvieron tiempo para salvar la mayoría de sus objetos personales. No así la carga. Un magnífico botín de 1.000 toneles (valorados en 6 millones de euros actuales) del petróleo del siglo XVI. Un año más tarde, Portu volvió en la nao ‘Nuestra Señora de la Concepción’ y recuperó cerca de la mitad de la estiba.
La partición del aceite de ballena recuperado fue motivo de disputa con la tripulación hasta que el caso llegó a los tribunales. Su archivo documental localizó el lugar del pecio en ‘Butus’, un topónimo misterioso que no se encontraba en ningún listado geográfico contemporáneo. Selma Huxley perseveró en sus pesquisas hasta toparse con el nombre en una cartografía del siglo XVI. Había descubierto la ubicación del mapa de un tesoro antropológico sin igual. ‘Butus’ concordaba a la perfección con Red Bay.
En la actualidad, Red Bay es un pequeño pueblo pesquero de unos 200 habitantes. Situado en la costa sur de la península de Labrador, en el siglo XVI era un enclave estratégico, en el paso natural de los cetáceos que migraban desde el Ártico hasta el estuario del río San Lorenzo en busca de alimento. El nombre Red Bay (bahía roja) fue más tardío, debido al gran número de tejas rojas desperdigadas en tierra. Eran vestigios de los hornos de procesamiento de grasa de ballena. Así, el enigma resuelto se puso en conocimiento de Parks Canada, una institución gubernamental que vela por su patrimonio cultural y natural. En 1978, su departamento de arqueología comenzó unas prospecciones subacuáticas que no tardaron en dar con los restos de un naufragio. Era la Nao San Juan.
Aún así, transcurrieron años hasta certificar su origen. Su banda de estribor se encontraba en un estado óptimo. Las gélidas aguas (2ºC) que conservaron la madera durante siglos no fueron impedimento para que durante ocho veranos se hallase gran parte de la estructura a 10m de profundidad. Con mimo, pieza a pieza. En el proceso se descubrieron numerosos rastros arrantzales cercanos. Hornos, tonelería, un cementerio con 140 cuerpos y varios pecios en los que aparecieron diversas txalupas. Entre ellas, una casi intacta bajo el casco de la Nao San Juan, que Albaola replicó dos veces. La ‘Butus’, que se expone en Pasaia y la ‘Beothuk’, que se conserva en el Museo de la Evolución Humana en Burgos.
La mayoría de las partes del ballenero volvieron al fondo del mar, en la misma ubicación. Ordenadas y numeradas bajo una gran lona de plástico y protegidas con sacos de arena, descansan a la espera de posibilitar futuras investigaciones. En diciembre de 2007, tras treinta años de trabajo, Parks Canada publicó cinco tomos con los resultados de las indagaciones. Los arqueólogos quedaron impresionados con la calidad de las construcciones.
El 'San Juan' emerge del mar Las 96 cuadernas que componían el costillaje del barco tenían la misma curvatura de radio, con maderas de unos 5 metros de longitud de una sola pieza, sin juntas ni nudos. Por tanto, los robles utilizados tuvieron que haber sido guiados con moldes. Una técnica habitual y al parecer, exclusivamente vasca, según las averiguaciones de Álvaro de Aragón. Era uno de los secretos de la dureza de estos navíos. «La corona española exigía que sus barcos con destino al nuevo mundo fueran construidos aquí» apunta Xabier Agote, presidente de la Factoría Marítima Vasca Albaola.
En 1985, de viaje «por ahí», Xabier devoró un ejemplar del National Geographic que se hacía eco del hallazgo de la nao en portada, sin poder imaginar la aventura en la que se vería embarcado años después. Un ballenero pasaitarra hundido en las costas de Canadá en plena edad dorada de la flota vasca, que forjó su supremacía naval contra viento, marea y balas de cañón corsarias, en encarnizados combates en los que tuvo que pelear bajo la corona española, cuando ésta medía fuerzas contra ingleses y franceses. El campo de batalla, la mar. El oro, las pesquerías de bacalao y el saín de ballena. Los vascos, eran los maestros de su tiempo. «Yo era un carpintero de ribera al que le interesaba lo artesanal y que comenzó a soñar. Treinta años después es un momento de celebración», rememora con brillo en los ojos.
No en vano, el icono de la Nao San Juan sirve para representar a todo el patrimonio subacuático mundial, Red Bay ha sido declarado patrimonio de la humanidad y se ha abierto un proceso de hermanamiento con Pasaia. Por si fuera poco, la UNESCO se ha sumado como patrocinador de la reconstrucción del navío vasco.
Albaola asumió el compromiso histórico de reproducir un ballenero de forma artesanal. «Hasta ahora se habían hecho réplicas en base a interpretaciones de las pinturas de la época. En esta nao se labra cada pieza por un principio de ‘integridad conmemorativa’, sin desviarnos de las fuentes documentales. Es un aprendizaje de la tecnología del siglo XVI».
«Si en algo hemos sido especiales en esta costa ha sido en la caza de ballenas. Dominamos la Edad Media hasta mediados del siglo XVII. Las demás naciones comenzaron tras contratar a vascos» resalta Xabier. «Las técnicas de pesca y procesamiento relatados en ‘Moby-Dick’ se heredan de los vascos». Los conflictos con otros países obligaron a evitar asentamientos terrestres y se idearon los primeros barcos factoría.
La costa vasca botó barcos voluminosos y robustos para sus retos, con la tecnología marítima más desarrollada. «La nao sienta las bases de la arquitectura naval europea, el galeón español es su evolución». Muchas de ellas incluso fueron embargadas para guerrear, como ‘La María’, una nave de 290Tm con 59 hombres, propiedad de Miguel de Veroiz, uno de los armadores de la Nao San Juan.
Las aventuras transatlánticas vascas movilizaban a unos tres mil arrantzales cada verano para sobrevivir a una infinidad de peligros en mareas de nueve meses, aunque nunca fueron víctimas de la peste del mar, el escorbuto. «La comida era poco variada. Tocino, habas, guisantes... pero sobre todo, mucha sidra, porque el agua no se conservaba bien. La fruta y el proceso de fermentación natural mantenía las vitaminas. Jamás se menciona el escorbuto en sus navegaciones» asevera Xabier. «En las barricas de la Nao se llevaban hasta 50.000 litros de sidra». La expansión marítima propulsó su producción industrial y «nace el caserío vasco tal y como lo conocemos hoy. Se convirtieron en fábricas de sidra».
Un museo donde se labran piezas Tres espacios delimitan conceptual y espacialmente la factoría marítima que se recoge al final de Pasai San Pedro, cerca de la bocana del puerto. Unos pasos más adelante de un taller colectivo de modelistas navales, se erige la maqueta a escala y la explicación del hallazgo de la Nao San Juan. Tejas rojas en el suelo reproducen los vestigios de los hornos balleneros. «Tenemos consideración de museo pero somos los únicos que no tenemosobjetos. Nosotros los hacemos» recalca Xabier. El paseo recoge los hitos de la marinería vasca y su impacto económico, junto a una réplica de la txalupa hundida bajo la Nao. Un espacio audiovisual, una estancia donde se fabrican manualmente las piezas y que sirve de auditorio, son la antesala del todavía costillaje de un majestuoso navío al que están colocando la primera de sus tres cubiertas.
Las pesquerías de ultramar y la industria naval vascas fueron el arpón tractor de una prosperidad económica que transformó el País Vasco. «Minas con energía hidráulica, carbón, ferrerías... A pesar de una terrible orografía, se abastecía a los barcos y se valía de ellos para el comercio. Además del bacalao y el aceite de ballena, el hierro era muy cotizado. Éramos pujantes».
El alquitrán necesario para obtener la brea que impermeabilizaba los cascos de los barcos provenía de Quintanar de la Sierra, en Burgos. Albaola ha restaurado una relación de siglos y traerá el mismo producto en carros tirados por bueyes (en el marco de Donostia 2016), igual que antaño. El uso de estos animales era un alarde de logística. En 1593 se requirieron 200 yuntas (400 bueyes) para la botadura del casco de la ‘Santa María de Zarauz’.
Albaola sigue tejiendo redes de colaboración cultural y desarrollando proyectos futuros, como los ligados al Ozentziyo, el último bonitero de madera de Gipuzkoa. Miran a su propio patrimonio, pero no dejan de otear el horizonte a semejanza de sus antepasados. «Los primeros globalizadores fueron los vascos, con la vuelta al mundo de Elcano», recuerda Agote. En 2006 estrecharon lazos con la expedición ‘Apaizac Obeto’, navegando por aguas de Terranova con una réplica artesanal de la txalupa encontrada en Red Bay. «Ahora el desafío es tremendo». Zarpar con la Nao San Juan hacia Terranova es un sueño en camino. «Nos apasiona el proceso. Es el medio para contar una historia extraordinaria».
LAS CIFRAS 29 metros de eslora total, 7,5m de manga y 6m de puntal conformando tres cubiertas. Su calado será de 4m. 540 metros cuadrados de paño aprovecharán los vientos y se necesitarán unos 6km de sogas de cáñamo para atar el velamen y otras estructuras.
200 robles de Sakana fueron donados para su construcción aunque se necesitarán más. La quilla (14,2m), es de haya.14.000 horas fueron las necesitadas por el departamento subacuático de Parks Canada para la investigación del pecio de la Nao San Juan. La nave se desmontó pieza por pieza. Cada una de ellas se llevó a la superficie, a un pontón donde se estudiaba, se dibujaba y se le sacaba una foto."
La nao San Juan ya tiene el espejo de popa colocado.







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